DESPERATE HOUSEVIBES.
Parte 4. Las reformas.
Un solo reel más relatando y retransmitiendo la reforma de cualquier piso, casa o local, y no seré dueña de mis actos. Hasta hace unos meses solía disfrutar de esa clase de contenido, el antes y el después, las ideas guardadas para un futuro en el que unos arreglillos en mi propia casa pudieran materializarse. Era algo parecido al ruido blanco: relajación, calma, sosiego. Ahora parece más bien un imperativo, el deber de mostrarte al mundo a través de una vivienda impoluta y un buen gusto exquisito. Nadie habla de que cualquier mínima tarea de bricolaje supone un absoluto infierno. La casa desordenada; los productos que, una vez han sido usados para su cometido, no sabes dónde almacenar; los dispositivos que compraste durante un pico de energía que te hizo creer que realmente vas a pulir el suelo de tu casa. Las cuentas que muestran el proceso se limitan a romantizarlo, de forma que ahora todos soñamos con tener una casita en un pueblo que ir arreglando los fines de semana en nuestro limitado tiempo libre.
Con 35 añitos una ya está en ese momento de su vida en el que las conversaciones dejan de ser aburridas por hablar de intrascendencias postadolescentes a ser aburridas por hablar de intrascendencias de adultos: hipotecas, inversiones, planes de pensiones, seguros de salud privados. Política, guerras, conspiraciones varias y, por el medio, vacaciones, viajes, tratamientos. Supongo que es el precio que hay que pagar por socializar.
Esa insustancialidad se ha trasladado a las redes sociales, que no son otra cosa que nosotros mismos. El problema, si es que sólo puedo quedarme con uno, es que todo lo que toca la varita mágica de Instagram se convierte en aspiracional, y la gente normal (pongamos que nosotras) caemos como moscas. Así, lo que antaño era una pura cuestión utilitaria y un pelín traumática, como instalar un plato de ducha o renovar una cocina después de una avería o de años de uso intensivo, ahora es #contenido. De forma que podemos ser un coñazo en nuestra vida real y también en la virtual.
Es hipnótico ver cómo un piso destrozado se puede convertir en uno aparentemente nuevo. Necesitamos creer que hay margen para la mejora, por eso también nos quedamos enganchados en esos vídeos de gatitos bebé al borde de la inanición que se convierten en los reyes de la casa con gran esfuerzo de sus humanos; vídeos sobre restauración de muebles ocultos bajo una densa capa de pintura, posiblemente tóxica; el antes y el después de intervenciones estéticas, cosméticas o capilares de absolutos desconocidos, (aunque aquí muchas nos quedamos por los comentarios chistosos).
Sin embargo, el tema concreto de las reformas es especialmente sangrante. Primero porque no podemos pasar por alto el hecho de que, en principio, para reformar una casa hace falta tener una, cuando hoy en día vivir en casi cualquier sitio se ha convertido en algo inalcanzable. De esta parte no se habla demasiado, sino que la atención se centra en lo que pasa después. Cuentes o no con una vivienda en copropiedad con alguna entidad bancaria, nadie te libera de tus obligaciones como consumidora: tienes que adecentar ese piso setentero de protección oficial para que no parezca lo que es (un piso setentero de protección oficial).
Llevo escuchando desde hace un tiempo, tanto en conversaciones como en algunos podcast, que lo peor de esta situación es la homogeneidad de la estética imperante, la similitud de nuestros hogares, que todos acabamos aspirando a lo mismo, comprando los muebles en el mismo sitio (en este punto una avioneta dibuja el texto IKEA en un cielo despejado), usando los mismos colores, materiales, inspirándonos en las mismas fuentes. Entiendo que se trata de una manera de hablar porque, ¿en serio? ¿Es eso lo peor, que seamos seres sociales y deseemos encajar en el sistema, asimilarnos a lo socialmente aceptable? Supongo que hace sesenta años todas las casas eran radicalmente diferentes, todos sus muebles eran especiales, los bares tenían aspectos de lo más variopintos, no había una estética nada concreta que ahora nos afanemos en recuperar después de desecharla como anticuada durante decenas de años. Un bar único, como el de esta foto. (Nótese la fina ironía).
Echo en falta que la reflexión no se limite a esos comentarios porque, para mí, la verdadera pregunta es hasta qué punto tienen sentido algunas de esas reformas que tanto aplaudimos. ¿Qué pinta un piso de un barrio obrero de toda la vida convertido, interiormente, en lo que podría ser una vivienda de nueva construcción? ¿Acaso no merecen una mirada amable que integre lo que tiene de bueno en nuestras necesidades actuales? Borramos todo rastro de originalidad de nuestras casas porque, en su sentido más puro, es justamente eso lo que denota nuestros orígenes o posibilidades. Es decir, tras este tipo de intervenciones subyace cierto punto de vergüenza de clase.
Pero no todo ocurre en el interior de las viviendas. El año pasado, tocó derrama: rehabilitación energética de envolvente térmica. Crimen, si me preguntan. Supongo que cada comunidad autónoma cuenta con sus propios villanos en la materia, ya que un porcentaje muy significativo de ese tipo de intervenciones son ejecutadas siempre por las mismas empresas. Pongamos que una se llama algo parecido a Fernández Chamas. Recuerdo estar en la reunión de la comunidad, con mis vecinos, asistiendo inmóvil a lo inevitable: convertir un edificio de viviendas, un edificio normal en un barrio humilde, en un cromo.
Mi señor esposo y yo sugerimos que, de instalar uno de esos aplacados, tal vez sería buena idea buscar que fuese lo más respetuoso posible con la composición original de la fachada, que no la distorsionase para que no quedase como una reputísima mierda más como las que ya habíamos ido viendo (esta parte sólo la pensamos para nuestros adentros). Entonces, nuestros vecinos nos sorprendieron con un razonamiento inesperado: que ellos llevaban mucho más tiempo que nosotros viviendo aquí y que, por ese motivo, querían un cambio drástico. Como cuando te pegas un hachazo en el flequillo después de una ruptura, supongo.
Mis vecinos no habían llegado solos a esa conclusión. La empresa nos ofrecía distintos modelos, opciones, cada una peor que la anterior. De entre lo malo, tocó elegir lo menos malo. Esa es la verdadera explicación tras esos edificios que otrora fueron de ladrillo, normales, humildes, dignos, y ahora son naranja vicky-patín-piti o imitaciones de edificios cebra. Eso es lo que nos dejan, porque por mucho que nos empeñemos en disfrazarnos de otra cosa, seguimos siendo unos pringuis.
¿Cuántas rehabilitaciones de ese tipo habéis visto en las zonas buenas de vuestras ciudades? Exacto.

(En el minuto 25:38 de Manual de Construcción hablan justo de esto, lo cual me hace muy feliz porque me siento menos loqui en esta cruzada personal)







Ostras, qué ilusión. Estaba haciendo scroll y no me esperaba para nada que fueras a recomendar nuestro podcast. Mil gracias 🥰💕
Me ha gustado mucho (como toda esta serie de posts de DESPERATE HOUSEVIBES). No escondo que en mi casa gobierna una mezcla muy digna de Wallapop + IKEA, que le voy a hacer...
Con los años voy sustituyendo lo más reventado de Wallapop y la gama baja de IKEA por… una nueva gama media de IKEA. Progreso, supongo. ¡YUHUU!
Mientras tanto, la casa sigue llena de mierda y de pelos por la cantidad de gatos. No me quejo, pero es una batalla constante por intentar mantener el caos a raya y, al mismo tiempo, querer adecentar la casa. Cuando digo “adecentar” me refiero a esconder las herramientas, el taladro, los tacos y tornillos que sobran, los gadgets que en su momento parecía buena idea comprar, la ropa que ya no uso, los recuerdos que no quiero tirar… y, por supuesto, toooodos los juguetes de los gatos.
Pero como me voy a quejar si tengo una vivienda afortunada (en alquiler, por supuesto). Pero con las cuatro horas que me quedan de lunes a viernes, entre ordenar, hacer trámites y caprichos básicos (como hacer la compra)… la mini-reforma aspiracional se convierte en otra carga más.
Y, sinceramente, me tiene bastante hasta los huevos cada vez que me pongo con ella. Al menos no vivo en un edificio cebra.